El problema del pecado
Hna. Kara Braun

El mundo en el cual vivimos es sacudido por tristeza y confusión. Hogares y familias están siendo quebrantados. La moral se ha degenerado. Niños luchan para saber su identidad y jóvenes se suicidan o usan drogas alucinantes en un esfuerzo vano para escapar del dolor. El crimen, la guerra y la inestabilidad plagan las naciones. Las personas han probado una solución tras otra y una relación tras otra sólo para quedar decepcionadas. Han perdido, una por una, sus últimas hebras frágiles de esperanza, y se quedan con una abrumadora desesperación. La educación no ha arreglado el problema. Los gobiernos no han arreglado el problema. Reformas sociales, aun con su buena intención, han intentado parchear relaciones y mejorar las cosas en una manera superficial, pero nunca han llegado a la raíz del problema. ¿Qué es lo que causa la desolación? ¿Qué es lo que quebranta el corazón y el espíritu del hombre? ¿Qué es lo que causa que la creación misma gima por liberación?
El problema del mundo es el PECADO. Detrás del problema de las drogas, detrás de los embarazos de adolescentes, detrás del crimen y el aborto inducido, y detrás del monstruo del racismo, está el mismo problema básico–el pecado. Matrimonios se deshacen y hogares son destruidos por el pecado. Grupos de personas se odian, envidian, pelean y oprimen el uno al otro por causa del pecado. Cada día, el pecado arruina las vidas. Cada día, el pecado agobia a sus víctimas con dolor. El pecado destruye tanto cuerpos como almas. Quita la dignidad del hombre dada por Dios y le hace un prisionero de sus pasiones bestiales. El pecado–¡oh, destructor de paz, destructor de inocencia!–¡cuánta angustia e infortunio ofrece el pecado, y un horror de arrepentimientos de por vida!
Es imposible sobreestimar la destrucción que el pecado ha causado. Un pecado–la simple participación del fruto prohibido–maldijo la creación y trajo muerte al mundo. El pecado expulsó al hombre del huerto de Edén y puso un abismo de separación entre él y su Dios. Cada pecado que se haya cometido ha perjudicado a alguien de una manera u otra. El pecado de Acán le costó al pueblo de Israel una derrota en la batalla. Destruyó la propia familia de Acán y hasta dejó otros treinta y seis hogares sin padre. Acab pecó, y una nación sufrió más de tres años sin lluvia. El pecado del mundo envió al Hijo de Dios a sufrir agonía sobre la cruz cruel. El pecado hizo que las personas rasgaran Su espalda y se burlaran de Su nombre–que azotaran a su propio Creador. El pecado siempre ha sido extremadamente egoísta. Una persona no puede pecar y ser inocente.
Lo que no tiene sentido es que el pecado sea tan excusado y pasado por alto en nuestro tiempo. Falsos ministros rehúsan atacar el pecado porque es demasiado incómodo para sus oyentes o porque ellos mismos son víctimas del pecado. En vez de decirles a las personas “Vete, y no peques más”, les instruyen a pecar más o menos cada día. Ellos insensibilizan a las personas a la maldad del pecado y no les ofrecen escapar del problema del pecado. Les dicen que la sangre de Jesús los cubrirá en el Juicio, pero permiten que el veneno del pecado siga con su obra mortal en las vidas de las personas. ¡No es extraño que nuestras naciones están en problemas! Nadie detiene el problema desde su origen.
Dios siempre ha tomado muy seriamente el pecado. ¡Bajo la ley de Moisés, un hombre hallado recogiendo palos el día de reposo tuvo que pagar con su vida por su transgresión a la ley de Dios! Cuando un alma pecó en ignorancia, tuvo que traer un sacrificio. Si pecó con altivez fue cortado del campamento. El pecado es tan ofensivo a Dios que se requirió la muerte de Su amado y unigénito Hijo en el Calvario para pagar la deuda de justicia y para traer al hombre de nuevo a tener paz con Dios. Ese mismo sacrificio abrió una fuente que pudo limpiar el corazón malvado y dar a los hombres poder para vivir sin pecar, y ese mismo Dios está abrumado por ira cuando los hombres conscientemente rechazan Su sacrificio y siguen viviendo en su pecado y egoísmo.
Nuestra misión es parar la opresión del pecado. Es evitar que las personas sean abusadas y robadas, detener el engaño y la astucia, identificar al enemigo en sus verdaderos colores e identificar la verdadera fuente de ayuda.
La gente está desesperada, sin embargo está buscando ayuda en todos los lugares equivocados. El pecado es el culpable, y hasta que expongamos el pecado, el problema continúa.
Nuestros líderes procuran la paz mundial tratando con ISIS o amenazando a Corea del Norte, pero éstas sólo son soluciones temporales. Mientras haya pecadores en el mundo seguirán odiándose y matándose unos a otros. El atacar a los pecadores no hará nada hasta que ataquemos al pecado que los encadena, y los problemas del mundo no pueden ser tratados con eficacia hasta que se trate con el pecado.
El pecado es un problema profundamente arraigado en el corazón. “Porque del corazón salen los malos pensamientos, homicidios, adulterios, fornicaciones, hurtos, falsos testimonios, blasfemias” (Mt 15:19). No se puede tratar cubriendo el problema, reformando los hábitos, o aún prohibiendo la expresión de acciones pecaminosas porque reglas y consecuencias no son capaces de evitar que el corazón malvado produzca maldad. El pecado es engañoso, deslizándose por grados sutiles y fortaleciendo sus cadenas hasta que son demasiado fuertes como para que un humano las rompa. Es enredador–arena movediza que hunde al pecador más profundo mientras más se esfuerza en salir.
La única solución es un cambio de corazón, y ¡gloria al Señor, tal cambio es posible por medio de la sangre de Jesús! Las Escrituras nos dicen de un manantial abierto para “el pecado y la inmundicia” (Zac 13:1). Nos dice de un poder que cambiará el corazón y lo hará nuevo (Ez 36:26; 2 Co 5:17). La sangre que fue vertida en el Calvario es lo suficientemente fuerte para limpiar la mancha más profunda. Es la única respuesta duradera para los problemas del mundo.

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